por Percy B. Shelley
“Ven a saciar tu sed”, me respondió. Y yo me levanté como un nenúfar, tocado por la alquimia del rocío, varita de la aurora, obedecí su dulce mandamiento, alcé los labios al cáliz ofrecido y lo rocé; y pronto mi cerebro fue la arena del Labrador, península esteparia, donde la ola…
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