por P.g. Wodehouse
Cuando el riquísimo Alfred Cork murió, dejó toda su fortuna a su mujer, que había sido una famosa actriz del cine mudo. Pero en el testamento había una cláusula: Adela, la viuda, tenía que mantener de por vida a su cuñado Smedley Cork, un petimetre acostumbrado a la buena vida y…
Aún no hay reseñas. Inicia sesión para escribir la primera.